Querido J.,
Llego tarde, como últimamente a casi cualquier lugar. Son demasiadas horas dedicadas a labores, que aunque agradables, consiguen agotarme mentalmente. Muchas horas dedicadas a Dios, o mejor dicho, a los que se consideran peones de la divinidad.
Con el paso del tiempo he descubierto que ciencia y Dios no entran necesariamente en colisión. Son los científicos, como seres humanos, los que pueden colisionar con la idea de Dios, y sobre todo con la religión. Y no tanto por su observación científica, sino por sus ideas y su particular cosmovisión – porque habitualmente suelen ser muy particulares.
Hay que tomarse estas cosas en serio, pero ni ateos confesos, ni creyentes inconfesos, ni católicos, judíos o musulmanes, ni siquiera los agnósticos, se atreven a ello; claro está, a veces. Les pasa lo que al Bartleby el escribiente, de Melville: que preferirían no hacerlo. Y en estas semanas yo estoy un poco Bartleby, y hay demasiadas cosas que preferiría no hacer. No por ganas, al contrario, pero sobre las cosas serias habitualmente es mejor no hablar banalmente. ¿No crees? (Mañana posiblemente opine lo contrario, pero como te decía estoy un poco Bartleby).
Aquí dejo un capítulo de Camera Café sobre Bartleby, una invitación a leerse las pocas páginas que conforman una inteligente narración: